Y después de que Marte se fuera, de que las habitaciones se descongestionaran de la oscuridad pastosa y de que los inconfortables se quedaran enganchados en hojas ya pasadas del calendario, vuelve el calor de la noche. El no irme a dormir con la mente en mil lugares salvo en mi cuerpo, el no pasar el frío de una soledad que se me antojaba incluso abandono.
Era absurdo no reconocer Granada. Pero más absurdo fue cuando casi me sorprende que nos reencontráramos. Yo volvía a ser yo, y por consiguiente, ella volvió a ser ella. Y ahora soy otra vez esa loca que se sorprende riendo sola, sin más motivo que canalizar la alegría que se le agolpa en la garganta.
Me gustan las neveras compartidas, los "buenos días cacahuetes", el candor de la cordobesa, los delirios in college que se suceden mientras el pelo de BLANCA, pasa de ser AZUL a ser VERDE. Me gusta estar feliz de camino a casa, porque me espera un hogar y porque me esperan ellas. Me gusta que María esté aquí.
Es cierto que ni mil giros de manta, nórdico o plumón, abrigan mis noches como lo hace su cuerpo tatuado.-Él-. Que el despertar y el soñar, sin que su beso les preceda, caen precipitadamente en la vacuidad. Pero el equilibrio está haciendo su trabajo, y a los días no les queda otra que colmarse de luz. Ahora todo tiene más color. Y me lo merezco. Voy a saborearlo.
martes, 16 de octubre de 2012
jueves, 20 de septiembre de 2012
La misma ceremonia
Una vez más. La misma ceremonia. La del empaquetar y desempaquetar. La del limpiar y el ordenar. La de coger carrerilla. La de empezar. El augurio de una nueva etapa. La cuarta. Y esta vez, más que nunca, saber que va a ser especial, que es el principio del final y hay que disfrutarlo. Que los minutos cada vez corren más deprisa y que el tiempo, que de esperar no sabe, a fuerza de lecciones demuestra que es el mejor metrónomo de la vida.
Y si hace tiempo que los "márchate" se fueron y los "quédate" se instalaron, no puedo sino degustar este momento, que es todo lo que tengo. Cerrar los ojos y jugar con mis castillos del aire porque ahora más que nunca, sé que no necesito dormir para vivir un sueño.
Y si hace tiempo que los "márchate" se fueron y los "quédate" se instalaron, no puedo sino degustar este momento, que es todo lo que tengo. Cerrar los ojos y jugar con mis castillos del aire porque ahora más que nunca, sé que no necesito dormir para vivir un sueño.
sábado, 18 de agosto de 2012
Paréntesis
Pudieron ser los aniversarios de una sensación, una avalancha de miedos infundados o sencillamente los días rojos de Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes. Menos mal que El Poder del Ahora es mi almohada y a fuerza de comprender lo absurdo me reorienta continuamente.
jueves, 12 de julio de 2012
Acción de gracias #3
Si yo lo sé. Que en algunas ocasiones necesito que me recuerden dónde está el norte, que cuando se me vuelve la energía espesa, a veces, me enredo en sinsentidos que no llevan a ninguna parte y necesito que vengas a pararme los pies. Pero sé hacerlo enseñando los dientes, sé hacerlo sonriendo a la vez y sin perder la compostura. Por eso irradio color aun cuando las horas son monocromaticamente hostiles. Y cuando hay truenos no corro a guarecerme sino que aplasto la cara en el cristal aguardando, preparada, el próximo relámpago. Pero a veces los pequeños vórtices de mi cuerpo dejan de girar impetuosamente en la dirección de las agujas del reloj, y la luz se quiere engalanar vistiendo de negro. Y yo no la dejo. Por eso doy gracias. Gracias porque tengo todos los flancos de mi bienestar cubiertos. Porque da igual donde caiga, tengo un ángel a cada costado que me ayuda a sacudirme el polvo y seguir mi camino. Gracias.
jueves, 21 de junio de 2012
Balances
Que cuando le decía "¡Cállate, cállate y márchate!" nunca se fue. Permanecia impasible ante sus palabras con la mueca de indiferencia plasmada en su semblante. Y eso a ella le crispaba, le quemaba las ganas y le helaba las ilusiones. Le decía "no te soporto, vete" y el ánimo se le reía. Se le reía tanto que sus músculos se agarrotaban y los hombros se le volvían de acero. Estuvo meses tragando días espesos, y días contando horas inmóviles. Y no se iba. Así que aprendió a escaparse. Aprendió que si ello no se iba, se iría ella. Se zafaba de su tiranía saltando a los brazos pintados que la aislaban de la realidad. Pero había que regresar, y cuando regresaba, ahí seguía estando. Se seguía riendo, y la seguía amenazando. El invierno discurrió sin paciencia y con amargor. Haciendo de fines de semana escapadas astrales y de la compañía del chico de las agujas su abstención de realidad. Pero Marte se fue en febrero y la punzante visita que ponía a prueba sus fuerzas desapaceció con él. Los hombros se volvieron laxos y los músculos se destensaron. La tormenta pasó, se fue con el frío. Los cambios se volvieron rutina y solo quedaron las lecciones aprendidas, la fuerza adquirida y las ganas de que el Sol por fin sentenciara la paz. Aprendió a dejar de escaparse y a enfrentarse con coraje a la perturbación. Los brazos pintados la abrazaron con más fuerza. Y a veces le siguen asaltando las ganas de gritar, pero hace tiempo que los "márchate" se fueron y los "quédate" se instalaron. Hace tiempo que los gritos son por exceso de felicidad y los improperios son la única forma de expresar una maravilla tan obvia.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Veganismo y radicalismo.
En más de una ocasión, a lo largo de mi pequeña trayectoria como vegana, e incluyendo el tiempo en que fui vegetariana, se me ha tachado de ser una intransigente radical por escoger esta manera de pensar y de alimentarme. Nunca he sido una persona de extremos ni me he considerado radical en la mayoría de las opciones que he tomado en mi vida. No he defendido demasiadas cosas a capa y espada porque apenas tropecé con nada que tocara de verdad mi fibra más sensible. Por otro lado, si algún adjetivo me define medianamente bien, os aseguro, que no es “intransigente”. Suelo empatizar mucho. Lo hago aun con aquellas personas cuyas ideas me parecen que escapan totalmente de las manos de la lógica y de la moral. Puedo llegar a entender por qué una persona actúa como actúa y piensa como piensa, pero que lo entienda no significa ni mucho menos que lo comparta. Pienso que cada uno de nosotros tiene una historia vital y unas condiciones que le han llevado a ser quien es, incluso aunque sus comportamientos nos resulten inexcusables. El bien y el mal son términos muy relativos que gozan de una subjetividad tan extrema que hace que sus significados se tambaleen y se vuelvan constructos difusos. Todos tenemos una idea hecha sobre lo que es correcto, a veces esas ideas gozan de radicalidad, y otras veces son algo más endebles, pero obcecar en esa idea y pretender hacerla absoluta –ahí es donde entra la intransigencia- es siempre un error, independientemente de la doctrina en la que se apoye y de los fundamentos que contenga, porque cada uno tiene derecho a vivir su vida como decida, siempre que no sea en detrimento del bienestar ajeno –ese es el quid de la cuestión-. Yo he crecido en un entorno cómodo, en un pueblo tan aislado que no he sentido la necesidad de pensar y reflexionar sobre cómo estaba viviendo o sobre lo que ocurría en el mundo, así que durante muchos años me he limitado a vivir mi vida permaneciendo ajena a todo y a pastar del mismo pienso que el resto de los borregos. Abrir los ojos conlleva llevarse un buen bofetón de realidad y exige tener una personalidad muy equilibrada para impedir que el odio te consuma, porque sí, vivimos en un mundo fácilmente odiable y detestable. Ser radical, siempre que no vaya de la mano de la intolerancia, permite aferrarse a los valores que uno tiene y luchar por ellos de verdad. Implica comprometerse con una idea y procurar siempre obrar a favor de ella. Significa saber lo que uno quiere y lo que no quiere a ese respecto, y significa dotar de alma una decisión avalando su prosperidad con tus actos. El ser radical elimina un problema de raíz y no titubea a la hora de actuar. Pero yo comprendo que mi objeto de radicalidad no sea el tuyo, y comprendo que cada uno haya de comportarse acorde con su idea de lo que está bien o lo que está mal, la cual es enormemente subjetiva. Por eso, cuando quiero hacer algo bueno por este mundo, intento quedarme con la idea más sencilla y universal de lo que el bien representa para mí: RESPETAR A TODOS AQUELLOS CON LOS QUE CONVIVO EN ESTE MUNDO, INCLUÍDA YO MISMA, Y NO PERJUDICAR CON MIS ACTOS EGOISTAS EL BIENESTAR DE LOS DEMÁS. Ser vegano es una de las pocas acciones con las que haces algo bueno objetivamente hablando. Por eso, elegir no matar ningún tipo de animal para después comértelo, hacerte un bolso o un champú, sí, es una idea radical, pero no le veo la connotación negativa que le ponen por ningún lado. Y por eso, buscar en internet qué marcas experimentan en animales para no comprarlas es algo extremista, y además es algo correcto, porque estás a favor de la vida, porque apoyas el derecho de vivir y morir de una forma digna y actúas con coherencia haciéndolo. Por eso no me da igual que los rollitos de primavera del chino lleven “muy poquita carne, casi no se nota eh”, porque no necesito comerme un animal para disfrutar de un alimento o para estar nutrida. Y quizás, por primera vez en mi vida, soy radical en algo porque pienso que es bueno no consumir absolutamente nada de origen animal. Pero no insultes al objeto de mi radicalidad, porque yo simplemente he elegido vivir dejando vivir, y eso, es una de las pocas cosas en las que la palabra “correcto” deja de ser subjetiva.
lunes, 9 de abril de 2012
Mi anhelo más inmortal
Me resulta impactante que estando ya tocando con la punta de
los dedos el octavo de los meses aun no haya presentado a mi más fiel anhelo
inmortal. Supongo que en un acto de puro hedonismo y egoísmo me he querido
quedar para mí todo aquello que su compañía deparaba y degustarlo como solo se
puede degustar algo tan abrumadoramente agradable como es el fundir dos almas.
Pido perdón por adelantado, sé que en el intento de convertir sentimientos,
sensaciones y experiencias en algo puramente descriptivo caeré
irremediablemente en la trampa de lo indigerible e intensamente dulce.
De echar de menos he hecho rutina, tanto es así que a veces ya ni me doy cuenta
de que lo hago y es solo cuando se vuelve denso y evidente cuando reparo en la
presencia constante que tiene él en mi vida. Sin embargo, como todo, lo hace de
un modo que más que destructivo resulta agradable, porque él es así, hasta con
sus dosis de cal sabe, finalmente, procurarme ese cosquilleo que lleva su
nombre y que cuando su distancia me altera o amenaza con quitarme el sueño,
llega justo a tiempo para mecerme hasta dejarme dormida.
Ya me decían quienes bien me conocían que aún no había probado un amor como este y no me di cuenta de la gran verdad que albergaban sus palabras hasta que un día, como si de un terremoto se tratase, llegó y con su rotundidad, su fuerte personalidad y sus profundas raíces movió mi mundo entero y no aceptó sino llevarme de su mano y vivir la vida como se debe vivir. Desde entonces no he hecho otra cosa que reciclarme y abrirme al mundo que me estaba perdiendo a pesar de tenerlo frente a mí. Él no se ciñe a moldes, no se conforma con medias tintas o con soluciones que no solucionan nada. Él no se asusta si el lobo le enseña los dientes, ni siquiera si le llega a ver la campanilla. No vislumbra barreras posibles, no se sienta nunca a esperar, no hace nada sin dar menos del 100%. El esfuerzo es algo implícito en cualquiera de sus actos y vive cada día como si fuera el último. Hace malabares con el tiempo, magia con los instrumentos y milagros con sus agujas, su sabiduría, sus manos y su intuición. Se entrega sin pedir nada a cambio y el puro acto de entregarse lo valora como una recompensa anticipada. Aprende de la vida a cada instante y jamás se viene abajo –no sin venirse inmediatamente arriba- cuando ésta le lleva por senderos cuestionables. Él se vale por sí mismo y se labra con entusiasmo y fervor su personalidad. No cesa de sembrar, no solo por los frutos que pudiera recoger, sino por lo que el mismo hecho de sembrar le aporta. Él sabe cómo enriquecer su vida, tanto lo sabe que sin querer enriquece la de todo aquel que esté a su lado.
Cuando llegué a su vida me dio miedo. Miedo porque no concebía que algo tan auténtico y sano pudiera ser verdad. Miedo porque no entendía cómo podía conocerle sin conocerlo, cómo podía entenderme y leerme como si fuera un libro abierto o cómo se las iba a ingeniar para no dejar de entregarse a mí cómo se entregaba entonces. Miedo porque cuando por fin todo tiene sentido, todo sale bien y no sientes otra cosa que felicidad, piensas que no es oro todo lo que reluce y que por algún lado tiene que estar el gato bien encerrado.
Sigo sumando días a su lado y jamás alguno tuvo desperdicio. Aprender de él es un lujo, un orgullo y una suerte con la que nunca me imaginé que pudiera contar. El modo de correspondernos es una cuestión que aún se escapa de mis manos y cuya respuesta no puede ser otra que “lo que debe ser es, y fluye con esa facilidad y ligereza con la que nuestra unión se expande”.
Sé que es perfecto para mí porque me consiente no consintiéndome, porque no me da todo lo que quiero pero nunca deja que me falte nada, porque sus palabras siempre son acertadas y llegan a tiempo y sus actos gozan de un perfecto equilibrio. Sé que es perfecto para mí porque hace que mientras que a todo el mundo el amor le vuelve vulnerable, a nosotros nos vuelva fuertes, porque me cuida holísticamente en lo personal y en lo profesional. Porque su segundo nombre le define. Y porque por mucho que escribiera sobre él jamás se me agotarían las palabras.
Ya me decían quienes bien me conocían que aún no había probado un amor como este y no me di cuenta de la gran verdad que albergaban sus palabras hasta que un día, como si de un terremoto se tratase, llegó y con su rotundidad, su fuerte personalidad y sus profundas raíces movió mi mundo entero y no aceptó sino llevarme de su mano y vivir la vida como se debe vivir. Desde entonces no he hecho otra cosa que reciclarme y abrirme al mundo que me estaba perdiendo a pesar de tenerlo frente a mí. Él no se ciñe a moldes, no se conforma con medias tintas o con soluciones que no solucionan nada. Él no se asusta si el lobo le enseña los dientes, ni siquiera si le llega a ver la campanilla. No vislumbra barreras posibles, no se sienta nunca a esperar, no hace nada sin dar menos del 100%. El esfuerzo es algo implícito en cualquiera de sus actos y vive cada día como si fuera el último. Hace malabares con el tiempo, magia con los instrumentos y milagros con sus agujas, su sabiduría, sus manos y su intuición. Se entrega sin pedir nada a cambio y el puro acto de entregarse lo valora como una recompensa anticipada. Aprende de la vida a cada instante y jamás se viene abajo –no sin venirse inmediatamente arriba- cuando ésta le lleva por senderos cuestionables. Él se vale por sí mismo y se labra con entusiasmo y fervor su personalidad. No cesa de sembrar, no solo por los frutos que pudiera recoger, sino por lo que el mismo hecho de sembrar le aporta. Él sabe cómo enriquecer su vida, tanto lo sabe que sin querer enriquece la de todo aquel que esté a su lado.
Cuando llegué a su vida me dio miedo. Miedo porque no concebía que algo tan auténtico y sano pudiera ser verdad. Miedo porque no entendía cómo podía conocerle sin conocerlo, cómo podía entenderme y leerme como si fuera un libro abierto o cómo se las iba a ingeniar para no dejar de entregarse a mí cómo se entregaba entonces. Miedo porque cuando por fin todo tiene sentido, todo sale bien y no sientes otra cosa que felicidad, piensas que no es oro todo lo que reluce y que por algún lado tiene que estar el gato bien encerrado.
Sigo sumando días a su lado y jamás alguno tuvo desperdicio. Aprender de él es un lujo, un orgullo y una suerte con la que nunca me imaginé que pudiera contar. El modo de correspondernos es una cuestión que aún se escapa de mis manos y cuya respuesta no puede ser otra que “lo que debe ser es, y fluye con esa facilidad y ligereza con la que nuestra unión se expande”.
Sé que es perfecto para mí porque me consiente no consintiéndome, porque no me da todo lo que quiero pero nunca deja que me falte nada, porque sus palabras siempre son acertadas y llegan a tiempo y sus actos gozan de un perfecto equilibrio. Sé que es perfecto para mí porque hace que mientras que a todo el mundo el amor le vuelve vulnerable, a nosotros nos vuelva fuertes, porque me cuida holísticamente en lo personal y en lo profesional. Porque su segundo nombre le define. Y porque por mucho que escribiera sobre él jamás se me agotarían las palabras.
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